Llegué a La Habana con una pregunta insistente: ¿qué está pasando realmente en Cuba?
Durante siete días recorrí la isla que durante años fue vista como un paraíso del Caribe. Viajé como periodista, junto con otro colega, aunque tuve que presentarme como turista. Grabé en silencio, con cautela, en un lugar donde contar la realidad puede tener consecuencias.
La primera impresión fue el silencio. Calles vacías, edificios deteriorados y una sensación constante de abandono. Pero pronto entendí que el problema no era solo la infraestructura: era la vida diaria.
El salario mínimo ronda los cinco dólares mensuales. Con eso, muchas personas deben sobrevivir todo un mes. Un huevo puede ser un lujo. Comer tres veces al día no es una garantía.
Elva, de 85 años, trabajó más de tres décadas como secretaria. Hoy vive con una pensión equivalente a cinco dólares.
“Ni para limpiarme alcanza”, me dijo, refiriéndose a la falta de papel higiénico.
En Cuba, la escasez es estructural. Los cortes de luz son frecuentes, el agua no siempre llega y el acceso a internet es limitado. Vivir sin servicios básicos se convierte en rutina.
También se vive con miedo. Muchas personas prefieren no hablar. Otras acceden, pero piden no ser grabadas. La vigilancia se siente.
Roberto, de 76 años, me confesó algo que resume la crisis:
“Hace más de tres años que no pruebo carne… ya no me acuerdo del sabor.”
Con su pensión compra arroz cuando hay, frijoles si alcanza. La carne dejó de ser parte de su vida.
En medio de esta realidad, los cubanos siguen compartiendo lo poco que tienen. Ofrecen café, una silla, conversación. La dignidad persiste, incluso en la escasez.
Pero lo más duro fueron las historias de niños.
En una jornada de ayuda alimentaria, un niño de unos siete años me dijo:
“Con una comida al día está bien.”
Lo decía convencido. Sin queja.
Esa frase resume todo.
Cuba es una isla hermosa, pero golpeada por una crisis profunda. La escasez, el miedo y la falta de oportunidades marcan la vida cotidiana.
Fui testigo de personas forzadas a elegir si caminan descalzas o pasan el día en ayunas; adultos mayores que apenas sobreviven con pensiones mínimas; y niños que a pesar de su corta edad terminan normalizando el hambre.
Regresé con una certeza: esto no es una narrativa, es una realidad y merece ser contada.
Adultos mayores recibiendo comida en Cuba